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  #41  
Old Posted Mar 25, 2009, 12:01 AM
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MALVINAS: Islas de la Memoria


1400


1492 – Naves españolas al mando de Cristóbal Colón llegan a América.

1493 – La Corona Española fija dominio sobre América recién descubierta. Las Islas Malvinas están dentro de esos dominios.


1500


1520 – Avistaje de las Islas por la nave española “San Antonio” (Expedición Magallanes).

1579 - El pirata Francis Drake saquea las costas del Pacífico Sur. Felipe II ordena el envío de expediciones para asegurar "el dominio de los mares y tierras de la Corona".

1592 - John Davis divisa las islas (Expedición Cavendish).


1600


1600 - El holandés Sebald de Weert divisa las islas.

1670. Gran Bretaña se compromete con España a que “ninguno de sus súbditos dirigirán su comercio ni navegarán a los puertos o lugares que el Rey Católico posee en las Indias” (Tratado de Madrid).

1690. El británico John Strong navega por el canal (San Carlos) que separa la isla Gran Malvina de la isla Soledad.

...

Fuente: http://heroesdemalvinas.org.ar/museodeheroes/inicio/


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Last edited by Claudia-Cba; Mar 25, 2009 at 12:16 AM.
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  #42  
Old Posted Apr 2, 2009, 12:43 PM
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Darío Volonté: Un veterano, una voz...





La tormenta creaba olas de cine catástrofe a las cuatro y media de la tarde del 2 de mayo de 1982 en el Atlántico Sur. En la caldera del barco el maquinista Darío Volonté, de 19 años, sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. No hubo tiempo para pensar. Recorrió a oscuras pasillos y escaleras hasta llegar a cubierta con el agua y el petróleo pisándole los talones. "Después de ayudar a algunos compañeros heridos o quemados tiramos la balsa. No paraba de moverse por el oleaje. Saltamos desde el lado más alto del barco. Gracias a Dios caímos sobre la chalupa. Vi a varios que cayeron al agua y no pudieron zafar", relata.

De los 1.093 tripulantes del crucero General Belgrano, 770 lograron salvarse. La explosión y las 29 horas y media a la deriva marcaron al maquinista para siempre. "Todo se volvió relativo desde entonces", reflexiona casi 25 años después.

No era la primera vez que Volonté se quedaba casi en el aire. Sin la violencia de un torpedo inglés, la muerte de su papá, a los 7,y la economía que apretaba y obligó a salir a buscar un laburo a los 14 golpearon duro. De Pompeya a Santos Lugares y de allí a Patrón al 6800, en pleno Liniers. "Una casa que tenía el almacén de doña Felisa en el local de adelante", recuerda.

Mientras mamá Angela trabajaba en una fábrica, Darío estudiaba. Se ofreció como aprendiz en una tornería de la calle Tellier (hoy Lisandro de la Torre) y al otro día el overol que usaba para ir al colegio se transformó en su atuendo de trabajo. Aunque llegó a oficial tornero siguió buscando algo mejor pago. Un día acompañó a su mamá al Mercado de Liniers y leyó: "Joven argentino, si tienes entre 15 y 18 años...". Llamó, preguntó por el sueldo y en febrero del '79 entraba a estudiar en la Escuela de Mecánica de la Armada. La ESMA.

Cuando una mañana, tres años más tarde, le dijeron que tenía que tomarse un tren a Bahía Blanca porque "tomaron las Malvinas" pensó que lo estaban cargando. "Si tenías conciencia militar de la relación de fuerzas, te dabas cuenta de que con los ingleses no podías", explica. No era una broma. Apenas pudo llamar y pedir que le avisen a la operaria Angela que su hijo estaba en viaje a Puerto Belgrano. Menos de un mes después, cuando el agua se empeñaba en cubrir por completo la balsa, Volonté dice que pensó en ella: "Pobre mi vieja. Quedó viuda a los 28 y ahora se le muere el hijo", se dijo a sí mismo.
Malvinas fue un trago amargo: "Para lo único que sirvió fue para que nunca más se pensara en soluciones militares frente a crisis políticas".

Cuando regresó del sur comenzó a fabricar muñecos de pañolenci, que vendía negocio por negocio. Después fueron prepizzas y también probó vender terrenos, hasta que con una plata que le pagó la Marina y sus ahorros compró su primera camioneta: un Rastrojero.

Trabajó para varias agencias de fletes y algunas empresas. "Cargué heladeras, bolsas de cemento, pianos, lo que fuera", cuenta. Y empezó a tomar clases de canto con José Crea, su "único maestro". Quien le hizo comprender que contaba con una voz de tenor que podía ser su instrumento.
Para tener más tiempo pasó de fletero a cartonero con camioneta. Aprovechaba las noches para recorrer las calles a bordo de una Dodge 200 que reemplazó al Rastrojero, en busca de papeles y botellas.

En 1996 la gente de Opera de Buenos Aires le propuso cantar Tosca en el teatro Broadway. Al año siguiente lo llevaron a Letonia para grabar una versión de El matrero, de Felipe Boero, que nunca se editó. El periplo le sirvió para saber cómo era cantar sin tener que trabajar de otra cosa. ¡Qué bien que viven los cantantes!, dice que pensó.

La decisión de probar suerte en Europa estaba tomada. Había un desafío artístico, pero no era el único. "Si no hubiera habido una motivación económica no lo hubiese hecho", se sincera. Además la opción de "hacer cola en el Colón" no lo seducía: "No me interesaba esperar que alguien decidiera si estaba para cantar o no".

Emprendió entonces una gira con una compañía rusa por Holanda y por Bélgica, cantando Il trovatore y Un ballo in maschera, que le sirvió para tomar confianza y hacerse ver. Un llamado desde Bologna le valió la oportunidad de reemplazar a Ignacio Encina en el Comunal de Trieste. "Ahí arrancó todo", dice.

Su debut en el Colón fue recién en el '99, con Aurora. "A mi agente Pupi se le ocurrió una frase ingeniosa que decía 'ex combatiente le canta a la bandera en el Teatro Colón'", recuerda y sigue: "La sala explotó de gente, hice un bis algo que jamás había sucedido en una función de Gran Abono –y me dio una popularidad en el país que aún hoy me sigue abriendo puertas".
...

Fuente: http://www.clarin.com/diario/2006/11...s-01316485.htm
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  #43  
Old Posted Apr 2, 2009, 1:08 PM
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  #44  
Old Posted Apr 2, 2009, 8:14 PM
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Excelente vídeo de la Aurora cantada por Darío Volonté.

Mañana trataré de fotografiar el Monumento a los Caídos en Malvinas, que está en frente del Monumento Nacional a la Bandera.

Saludos.
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Last edited by RossoMattone; Apr 5, 2009 at 2:56 AM.
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  #45  
Old Posted Apr 2, 2009, 10:47 PM
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Genial, Federg!! Espero las fotos!!
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  #46  
Old Posted Apr 3, 2009, 7:57 AM
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Homenaje Malvinas desde Londres
por Cristina F. de Kirchner (02-Abril-2009)


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  #47  
Old Posted Apr 4, 2009, 1:53 AM
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LA CUNA DE LA BANDERA A SUS HÉROES QUE VIVEN EN MALVINAS












MALVINAS POR SIEMPRE ARGENTINAS

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  #48  
Old Posted Apr 4, 2009, 6:09 AM
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Gracias, Federg!!!

Qué lindo el lugar donde está emplazado el monumento!

Preciosa la fuente...

Hoy con mi hijo vimos esta película, a mi entender una de las mejores que he visto acerca del tema Malvinas:

Video Link
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  #49  
Old Posted Apr 5, 2009, 1:53 AM
manyin manyin is offline
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Yo la vi en la escuela..

Pero lai que el tipo que escribio el libro (que luego se hizo pelicula) lo hizo solo por la plata y mintio en todo... Acabo de escuchar en lo de Chiche que no dormia en trincheras sino en camas, y que cuando le toco hacer guardia no quiso y mandaron a otro (que murio ahi)

Nefastos como en todos lados...
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  #50  
Old Posted Apr 5, 2009, 2:53 AM
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Si yo escuche lo mismo, pero refleja la realidad que seguramente pasaron muchos otros.

Perdonen que no se vea muy bien las letras del monumento; es que el día anterior había llovido y al estar semienterrado, estaba húmedo todavía.

Saludos.
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  #51  
Old Posted Apr 5, 2009, 3:15 AM
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Javitoo Javitoo is offline
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Yo también he leído muchas críticas sobre esa película. Dicen que es exagerada y esta muy "ideologizada".

Acá pongo algunas opiniones de otros veteranos de Malvinas.
Video Link


Para escuchar la otra parte al menos...
(si quieren lean los comentarios, hay de todo un poco, eso sí...)


Y ya que estamos pongo estas dos artículos que publico Perfil la semana pasada.

Quote:
GENERAL MARIO BENJAMIN MENENDEZ, EX GOBERNADOR DE MALVINAS
“Galtieri no se daba cuenta de que nos estaban derrotando”

En su primera entrevista a un diario argentino en casi una década, y a pocos días de un nuevo aniversario del desembarco en Malvinas, el general Mario Menéndez responsabiliza al ex dictador Leopoldo Galtieri por las fallas estratégicas y logísticas que llevaron a la derrota argentina en la guerra. “El nos mandó y nos mantuvo allá. Si nos sobraron o nos faltaron cosas, es su responsabilidad”, dice. Y tilda de “mentiroso” al general Martín Balza por las duras críticas que le hizo en su último libro, y lo acusa de haber inventado “la historia de que no participó de la guerra contra el terrorismo”.

Por Hernán Dobry


El comienzo de la aventura. Las tropas argentinas acaban de desembarcar el 2 de abril de 1982 en las Malvinas y marchan hacia Puerto Argentino. Menéndez fue el gobernador de las islas durante dos meses y medio, hasta el 14 de junio, cuando se rindió.
Cinco días después de la toma de Puerto Argentino, el 7 de abril de 1982, Mario Benjamín Menéndez asumió como gobernador de las islas Malvinas, en lugar del general de división Osvaldo García. No debía sólo administrar la vida civil de los territorios recuperados, sino también ejercer la jefatura del Comando Conjunto de las fuerzas desplegadas.
Si bien la guerra propiamente dicha comenzó el 1º de mayo con los primeros bombardeos ingleses, los combates más cruentos se llevaron a cabo tras el desembarco británico, el 21 de mayo. A partir de allí, los soldados debieron luchar contra el frío y el hambre, además de contra el enemigo.

En la madrugada del 14 de junio, el asedio británico llegó hasta las inmediaciones de Puerto Argentino y la situación era insostenible. Desde Buenos Aires, la orden era no rendirse. En las islas, los muertos se multiplicaban mientras las tropas huían desbandadas hacia la capital.

Menéndez debía tomar una decisión. Finalmente, optó por aceptar un alto el fuego ofrecido por los ingleses y firmar la capitulación frente al general Jeremy Moore.

—¿Cómo se vivieron las últimas horas antes de la rendición?

—La situación estaba absolutamente deteriorada. Hablé con el general Galtieri y se la describí. El no podía o no quería entenderla, así que se lo tuve que repetir y le pregunté si podía contar con algún apoyo aéreo u otra cosa. Me explicó que no me podía garantizar ninguno. Entonces, le dije: Como comandante, no sé qué va a ser de esta guarnición al final del día de hoy. Ante eso, me voy a hacer responsable. Y le corté.

—¿Ya tenía en mente la rendición?

—No sabía qué iba a hacer, honestamente, porque no había habido contacto con los ingleses. Era como una especie de nebulosa: ¿cómo hacemos ahora? ¿Vamos a seguir combatiendo hasta que las acciones se interrumpan o a tratar de tomar contacto con los ingleses? Esto último me parecía que significaba ponerme de entrada en una posición inferior. En ese momento, el capitán de navío (Barry) Hussey me dijo que había una comunicación con los británicos, que ofrecían un cese del fuego para iniciar conversaciones y terminar con las operaciones. Resolví aceptarlo y les sugerí reunirnos a las 16.

—¿Cómo se preparó para ese momento?

—Me fui a la residencia porque estaba agotado, me lavé, afeité y me puse presentable. Llevaba 36 horas sin dormir. Ni me cambié de ropa, ni me lustré las botas, como dicen algunos. Pensé que era el final. Me puse a juntar los papeles y, después, nos fuimos caminando hasta la Secretaría a esperar a los emisarios ingleses. Ahí, llegó el coronel (Michael) Rose e iniciamos la reunión.

—¿Qué ocurrió allí?

—El planteó, de entrada, que había que resolver en qué momento y forma se produciría la rendición. La verdad es que lo asumí. Sabía cómo estaba mi gente, así que no lo discutí. En ese momento, me llegó una comunicación de Buenos Aires muy particular, muy irreal: que debía negociar con los ingleses las condiciones en que me iba a ir de Malvinas y cómo me iba a llevar todo el armamento y las cosas que tenía.

—¿Cómo se llegó al acuerdo?

—Les planteé: Ustedes han dicho que los argentinos han dado prueba de su valor y bravura en combate, cosa que también creo. Si es cierto, estas tropas merecen llevarse las banderas que los han acompañado en la guerra. Nos dijo que sí. A partir de ahí, se abrió un camino y se planteó en qué condiciones se iba a producir el repliegue de nuestra gente, la entrega de administración, que no iba a haber ningún desfile, ni periodistas en la ceremonia de capitulación. Quedamos en el horario en que el general Moore iba a estar ahí y me fui a hablar con el continente para informar de estas condiciones. Ahí es donde Galtieri dice que me había extralimitado.

—¿Qué le dijeron?

—Les pedí que enviaran barcos para evacuar a las tropas, porque los ingleses me habían dicho que ya estaban listos y quería hacer entrar a nuestros buques en simultáneo. Me dijeron que no había ninguno disponible, lo que me produjo bastante disgusto porque pensé: esta gente no tiene idea de lo que hemos vivido acá. En realidad, eso ya lo había comprendido antes cuando mandé al general Daher al continente. Tenía la idea de que Galtieri no se daba cuenta que nos estaban derrotando en Malvinas, o decían: Dios proveerá.

—¿Cómo fue la reunión con Moore?

—Nos encontramos en un pasillo, es la única foto que hay: él de un lado y yo del otro. Moore hizo una introducción y luego me dijo: “Ahora usted me tiene que firmar la rendición”. Estaba en inglés, la leo y cuando veo la palabra incondicional me planté: General, esto no es lo que se pactó esta tarde. “Cómo, ésta es la rendición, acá está”. No, porque se estipularon condiciones y acá habla de una rendición incondicional, o sea, están cambiando los términos. Esto no lo acepto. No sé en qué condiciones, pero si usted insiste en esto, los argentinos seguimos peleando. Se quedó y después lo aceptó: “Está bien, tachemos la palabra”. Reconozco que ahí podría haber discutido Falkland/Malvinas porque las Naciones Unidas lo aprobaban. Pero era un momento muy difícil.

—¿Qué sintió en ese momento?

—Es terrible tener que estar ahí. Es una de las cosas en las que un militar nunca quiere pensar. Después, están los tipos que dicen: “¿Por qué no se pegó un tiro?”. Creo que el suicidio no es una solución. En estas circunstancias, tengo que dar testimonio de lo que viví y cómo fue, cosa que hice y hago hasta ahora. Pegarme un tiro es muy fácil, es dejarle a otro que cuente la historia como quiera. Usted sabe que las cosas que tenía que hacer las hizo y bastante bien. Hubo una serie de fallas que son de orden estratégico operacional. En lo táctico, no podía dar mucho más de lo que dio y que, en última instancia, estaba cumpliendo con mi obligación de comandante. Hay muchos que dicen: usted salvó a miles de hombres. No sé a cuántos salvé, creo que tomé la decisión táctica que debía.

—¿Allí terminó la reunión?

—Cuando se relajó un poco la situación, me dijo: “Ahora, sus tropas van a ir a la zona de reunión de prisioneros, que hemos determinado que sea en el aeropuerto”. Entonces, le pedí: Mi gente está en malas condiciones, hay muchos que ya no dan más, han perdido su ropa de abrigo. Y me respondió: “Nosotros también perdimos todo cuando ustedes hundieron el Atlantic Conveyor, porque también cometimos errores”. Además, pidió que en el puesto de entrega de armamento se revisara a los soldados argentinos para controlar que no se llevaran nada. Ahí, le dije que no éramos ladrones y que cuando se había producido un hecho de esa naturaleza, lo habíamos investigado, devuelto las cosas y juzgado a los responsables. Así que, en todo caso, nosotros íbamos a poner un puesto para cerciorarnos de lo que ellos querían. Y lo aceptó. Así que, en la mañana del día 15, había un puesto inglés para entrega de armamento y otro argentino de verificación. Yo estuve en ese puesto.

—¿Qué le pasaba por la cabeza?

—Todo lo que había vivido y pasado, las cosas que había pensado y dicho en el transcurso de las operaciones. Me deben haber visto cara de que me sentía muy mal, porque se me presentaron los tres oficiales de mi Estado Mayor personal y me dijeron: “Le queremos expresar que nos sentimos muy honrados de haber servido a sus órdenes y sido partícipes de las decisiones que usted tomó”. Eso me hizo sentir bien, porque no interesa tanto la opinión de un superior sino la de un subalterno. A ellos les dije: “Basta de protestar, no quiero pasar a la historia como un general llorón”.

—¿Qué sensación tuvo cuando llegó al continente?

—Fue una recepción fría como el hielo, estaban nada más que los familiares en Tablada. Un compañero mío, pobrecito, que se ve que lo había mandado el Estado Mayor para que nos recibiera, me preguntó: “¿Vos informabas lo que pasaba?”. Y le respondí: Esto lleva setenta días, ¿nunca te enteraste de lo que pasaba? ¿Te creés que tengo cuarenta años de servicio y no voy a informar lo que está pasando en la guerra? Ahora, si no te lo contaban y no preguntabas es otra cosa. Uno después se entera de un montón de anécdotas, de generales que preguntaban y les decían: “Ya basta de pálidas”.

—¿Cómo se sintió con el trato que le dio Galtieri después de la guerra?

—Me enteré una vez por otros generales de que le habían preguntado si alguna vez nos había vuelto a ver a los que habíamos ido a Malvinas. Dijo: “No, pensé que los muchachos iban a venir a verme”. Entonces, les respondí: ¿No creen que Galtieri nos debió haber llamado cuando regresamos y no nosotros ir ahí a rendirle cuentas? El nos mandó y nos mantuvo allá. Si nos sobraron o nos faltaron cosas, fue su responsabilidad y del resto de la Junta. Le hice un Tribunal de Honor y se lo gané, pero el general (Cristino) Nicolaides lo ocultó, porque quería proteger su imagen. En esto, no sé si no hay mucho enanismo intelectual y hasta espiritual en mucha gente.

—¿Por qué no habló de todo esto cuando regresó de Malvinas?

—Llegué a hacer un memorándum en el Ejército que se lo presenté al secretario diciéndole que era necesario que se informara a la población. No me lo contestaron nunca. Después, tuve dos llamados de atención y, finalmente, un castigo por una entrevista y una carta a un diario. Cuando publiqué mi libro Malvinas: testimonio de su gobernador, el comandante en jefe me envió una hojita diciendo que me había puesto sesenta días de arresto por “hacer declaraciones a un periodista que habían servido para la publicación de un libro sin la autorización” de él y me mandó a Magdalena. Son esas manchas honorables, me parece.

—¿Esto formó parte de un proceso de desmalvinización en el Ejército?

—Es la desmalvinización del país. El Ejército fue el que agachó el lomo y dijo: somos los responsables. No fueron capaces de sacar pecho. Había un grupo de generales que estaba en el Estado Mayor que sacaba partido y que si reconocían eso, por ahí, les iban a decir váyanse. El Ejército se dedicó a buscar lo malo. Eso les servía a los que habían quedado acá para decir: nosotros no tenemos responsabilidades, los inútiles fueron los otros. El Ejército fue tan atacado desde el punto de vista político, ideológico, etc., que los tipos en lugar de salir a clarificar y a contragolpear prefirieron callar. Además, tuvieron un embate por el tema de los derechos humanos, la guerra contra el terrorismo. Entonces, ya tenemos un problema, no creemos otro, dejémoslo así, total estos tipos ya están liquidados.

—¿Leyó alguna vez las críticas que le hizo el general Balza en su libro?

—Es un mentiroso. Lo pensé mucho antes de hacerle un Tribunal de Honor. Es muy hábil y ha inventado la historia de que no participó de la guerra contra el terrorismo y que fue el tipo que más hizo en Malvinas y que los otros fueron unos nabos o pusilánimes. Es políticamente aceptable, nunca va a decir que no es cierto lo de los 30 mil desaparecidos. No digo que no los haya, pero creo que 30 mil es una cifra inventada. Para él, es más fácil atribuirse el hecho de que quería que tal cosa se hiciera o no, pero no integraba el Estado Mayor. Era un jefe de grupo de artillería al cual se le dio la misión de integrar los fuegos de la artillería terrestre, ni siquiera la defensa antiaérea, porque el responsable era otro.

—¿Qué hace los 2 de abril?

—Soy un invitado especial en San Andrés de Giles, donde se hace una vigilia. Ibamos con mi señora, nos sentíamos muy cómodos entre la gente y contestando preguntas, dando la imagen que tengo que dar porque, por principios, me enjuiciaron dos veces, además del Informe Rattenbach. Fui declarado absuelto de todos los cargos que se me formularon. Cuando he hecho tribunales de honor, los he ganado todos. Soy un ciudadano como usted, puedo salir a la calle como cualquiera, y debo hacerlo porque, además, tengo una responsabilidad que es la de dar un testimonio.

—¿Qué siente cada 14 de junio?

—Los recuerdos son muy vívidos, muy duros. Ahora, por ahí me lo recuerdan algunos señores del Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas (CECIM) que vienen a hacerme un escrache para decirme que soy responsable de que haya muerto el soldado fulano o mengano. Son las cosas que usted tiene que estar preparado para aceptar.


El drama de ser soldado y judío

“En Malvinas me tocó un nazi como jefe de sección, el subteniente Eduardo Flores Ardoino”, afirma Silvio Katz, del Regimiento Mecanizado 3 de Tablada, uno de los cerca de treinta soldados judíos que participaron de la guerra. Katz debió luchar contra el hambre, el frío y los bombardeos ingleses, como todos sus compañeros, pero también contra el odio antisemita de oficiales y suboficiales del Ejército. Este es su relato.

“Se me congelaban las manos en el agua, y él me tiraba la comida adentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones. Era feliz viéndome sufrir. Un día quise agarrar un fusil para pegarle un tiro, y no podía ni tener el fusil en la mano. ‘Es tan cobarde que no puede disparar. No ve, usted es un cagón’, me decía, y me pegaba. Yo pensaba: si este tipo supiera que no le pego un tiro porque no puedo mover los dedos, se dejaría de hablar boludeces. No había nunca una posibilidad. El arma que me apuntaba era la de él. Eso le daba el poder, y unos botones lo hacían creer que era Dios. Les decía a los demás que les hubiera pasado lo mismo si hubieran sido judíos como yo. Algunos compañeros me odiaban tanto como él porque veían en mí el problema de todos sus males. Para la gente que aún hoy sigo viendo periódicamente, era el ruso, el amigo, venían a hablar conmigo después de que se iba este buen señor, a hacerme entender que no era así la cosa, que no podían saltar por mí. Algunos se acercaban y me decían: ‘Esta bala que tengo en la mano se llama subteniente Flores. Cuando se arme y el tipo esté adelante le pego un tiro por vos’. Aun en la mierda, no todo es una mierda. Este muchacho cada día que parecía que íbamos a entrar en combate nos ponía a todos en fila y nos daba un trago de whisky para tener calor. Cuando llegaba a mí, decía: ‘Usted no porque lo van a matar’. Llegué a pensar que realmente era mejor morir. Me convencí de que arriba o abajo estaba mi viejo, que había fallecido, esperándome. No soy muy creyente, pero creo que hay un Dios que fue el que hizo que volviera de Malvinas. En algo tenés que creer. Yo hablaba como si mi papá me escuchara, le pedía que por favor me ayudara a soportar, a sobrevivir. Por ahí, era rezarle a Dios, y yo lo ponía a él en su nombre. Sufrí demasiado, pero hace diez años la taba se dio vuelta. Ahora soy muy feliz, tengo dos hijos maravillosos, una esposa que me banca en todas. Volví a Malvinas hace ocho años y pude sentirme en paz. Recorrí la zona, pero no quise ir a mi trinchera. En el hospital, en Campo de Mayo, me habían pronosticado que no iba a poder tener hijos, y mi señora volvió de las islas embarazada del más grande. Malvinas me sacó y me dio mucho. Me queda una deuda: entré al cementerio y me tuve que ir. Fue terrible, hubo algo que me dijo: ‘Flaco ya te salvaste de estar acá, tomátela’. Tengo que volver, para ir al cementerio y estar en paz con mis muertos. A Flores Ardoino lo vi al año de Malvinas. Yo estaba arriba del colectivo 26, mirando por la ventanilla. Me quedé helado. Mi mente decía: ‘Bajá, y pegale, sacá todo lo que tenés adentro’. No pude, me paralicé. Hoy le preguntaría por qué fue tan mierda. Necesito saberlo. No me lo puede explicar nadie. Tengo que dejar de buscar una explicación porque no la hay. Por ahí, cuando vuelva a Malvinas con mis hijos la dejaré de buscar. Ahí, voy a estar en paz.”

Fuente: Perfil
Quote:
“Todo fue una gran improvisación”

El vicecomodoro auditor Eugenio Miari fue secretario de Justicia del gobernador Menéndez en Malvinas. Debió resolver contratiempos con la población local y firmó como testigo el acta de rendición.
—¿Qué sintió cuando lo convocaron para ir a Malvinas?

—Me dije: esto va a terminar mal. Me enteré ocho días antes y tenía que estudiar derecho inglés en 48 horas. Cuando se habla de improvisación, imagínese todo lo que improvisé.

—¿Por qué?

—No estaba preparado para ser auditor de guerra en campaña en un territorio que culturalmente era británico. Todo fue una gran improvisación.

—¿Qué sintió cuando llegó a Malvinas?

—Me llamó la atención ver en algunas paredes escrito con aerosol en español: “Ingleses hijos de no sé cuanto, las Malvinas son argentinas”. Pregunté si lo habían escrito los infantes de marina que entraron a las islas. “No, está hace tiempo”. Había sido el turismo masivo en la época de López Rega. El gobernador británico había prohibido que se borraran esas inscripciones para que los kelpers no olvidaran cómo era la realidad de los argentinos.

—¿Qué problemas hubo con la población civil?

—Hubo algunos robos o latrocinios de viviendas. Todo lo que usamos en las islas lo pagamos. No despojamos a nadie da nada. Inclusive, los daños que sufrieron a raíz de las operaciones bélicas fueron indemnizados. Más aún, el día de la capitulación había colas de kelpers reclamando resarcimiento que debimos interrumpir por la capitulación.

—¿Qué recuerda del momento previo a la capitulación?

—Muchos días antes ya sabíamos lo que nos esperaba, porque la realidad que se vivía en Malvinas no tenía nada que ver con el clima que existía en la Argentina continental. El enemigo tenía todo y a nosotros ya nos empezaba a faltar casi todo. No había proporción entre un ejército profesional y uno como el nuestro.

—¿Qué siente cuando ve el acta de rendición?

—Todo conflicto deja enseñanzas y las recogieron muchos, menos nosotros, empezando por los ingleses. Durante nuestro cautiverio fui interrogado por oficiales británicos. Me dijeron: “Nos interesa que nos diga con toda franqueza y sin ninguna limitación todas las fallas o defectos que aprecieron en nuestras tropas u operaciones”. Acababan de ganar y querían saber en qué habían estado mal. Ese es el enemigo con el que nos habíamos enfrentado. Se nos había dicho que se mareaban, que no sabían navegar, que eran todos homosexuales, drogadictos y no sé cuántas pavadas más. Si llegaban a ser normales, nos corrían hasta el continente.

—¿Cómo vivió el regreso al continente?

—Tardé un par de semanas en recuperarme espiritualmente y después, de a poco, uno vuelve a la vida normal. Los veteranos somos una especie parientes lejanos de los muertos en combate. Tuvimos el privilegio de formar un club exclusivo que ya no existe más.

—¿Qué hace los 2 de abril?

—Los que formamos parte de ese club nos reunimos. A lo mejor, alguna vez entra a un restaurante y ve a un grupo de hombres mayores sentados en el suelo comiendo con una latita. Va a pensar que están mal de la cabeza. No, somos los que estuvimos presos en el frigorífico en San Carlos, donde comíamos en el suelo con una latita que nos daban los ingleses. A lo mejor, vamos a un restaurante, pedimos atún en latas individuales, lo comemos y, después, nos sentamos a la mesa. Lo que sí, cada año encontramos que hay más asientos vacíos y que la Argentina no ha aprovechado las enseñanzas de la guerra.

Sigue


¿Dónde están los documentos de la guerra?

Investigar la Guerra de Malvinas en la Argentina con fuentes documentales directas es una odisea: gran parte de los documentos originales que se emitieron durante el conflicto han desaparecido o jamás llegaron a los organismos correspondientes. En muchos casos, los tienen sus protagonistas directos o particulares que los recibieron como regalos.

La capitulación oficial. El acta de capitulación no está en manos del Estado. Luego de que el general Mario Benjamín Menéndez y su par inglés Jeremy Moore la firmaran, el 14 de junio de 1982, cada uno se llevó un ejemplar original. Oficialmente, la argentina está extraviada. Tanto la Secretaría General del Ejército, como el Archivo General, el Museo y el Servicio Histórico afirman que “la única copia que hay es la que aparece en el Informe Oficial del Ejército Argentino sobre el conflicto Malvinas”. Sin embargo, el acta no está perdida: la tiene en su casa el brigadier general (R) Ernesto Horacio Crespo, quien fuera comandante de la Fuerza Aérea Sur durante el conflicto.

El documento se lo dio José Ignacio Garona, quien fuera abogado de Menéndez. “Fui a hacer una declaración a los juzgados de Comodoro Py y salió el tema Malvinas. Garona, que me conoce mucho, me dijo: “Tengo el acta, le hago una copia”. Un día que iba a Rentas, subí a su oficina, tomamos un café y me la dio. Cuando iba en el taxi me dio curiosidad, la abrí y me quedé asombrado porque me había entregado el original”, afirma Crespo.

Garona elude las precisiones. “No le puedo confirmar ni negar nada. No sé quién tiene el original. Le puedo dar una copia que debe ser igual a la que tiene Crespo”, señaló. Sin embargo, nunca concretó su oferta a pesar de los constantes llamados. El acta llegó a manos de Garona cuando encaró la defensa de Menéndez. “Entre las cosas que me dio para hacer la defensa, venía una copia”, destaca. El ex gobernador fue quien trajo el original al continente y afirma haber entregado todos los documentos a su abogado para que lo defendiera y nunca se los reclamó. En el ejemplar que tiene Crespo se puede ver la tinta azul de las diferentes firmas, por lo que difícilmente sea una copia. Tiene un sello del Estado Mayor General del Ejército, sin número de foja, y otro que señala su carácter de secreto. Esto implica que luego de Malvinas estuvo en poder de la Fuerza. Pero si se observa la que figura en el Informe Oficial, se puede notar que tiene un número de foja escrito con lapicera: el 1, así que podría tratarse de una copia. Se desconoce cómo salió del archivo en el que estaba o si Menéndez se quedó directamente con el original. Este ejemplar debería estar en algún archivo o museo público. Crespo se comprometió a donarlo, aunque no dijo cuándo. “Se la voy a dar al museo de la Fuerza Aérea”, afirma.

Los actos de gobierno. Durante sus dos meses y medio de gobierno, Menéndez firmó 13 decretos. El primero tiene fecha 20 de abril, y el último es del 2 de junio. La primera medida designó al capitán Carlos Coronel jefe de Policía. Seis días más tarde estableció que Líneas Aéreas del Estado (LADE) se hiciera cargo del transporte aéreo local, que estaba en manos de Falkland Islands Government Air Service (FIGAS). Al día siguiente del primer ataque inglés, Menéndez creó el Cementerio Militar para sepultar a las primeras víctimas y nombró médicos al frente de los servicios de los hospitales locales. Las dos medidas siguientes crearon las secretarías que acompañarían su gobierno y quiénes las ocuparían. Otros cuatro decretos reglamentaron el pago de indemnizaciones a pobladores por los daños producidos por las tropas argentinas y crearon el Registro Civil.

Las últimas tres medidas de Menéndez reflejan el lado oscuro de la presencia argentina en las islas. La primera sentenció a dos soldados a un año y a seis meses de prisión, respectivamente, por robar una vivienda. La segunda condenó a un subteniente a “un año de prisión con la accesoria de destitución” por delitos comunes. Finalmente, la última absolvió a un soldado acusado de “homicidio culposo”, aunque no detalla quién fue la víctima. Ninguno de estos decretos está en un archivo público o museo, ya que los originales los tiene el secretario de Justicia de la administración Menéndez, el brigadier auditor Eugenio Miari. “Todas las copias que durante el conflicto remitían a organismos del Estado desaparecían en el camino”, afirma. Por eso es renuente a donar los originales, aunque sabe que deberían estar en el Estado. “Alguna vez me ocuparé. Pero no quisiera que me pase como al reloj del general Belgrano”, concluye.

Fuente: Perfil
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  #52  
Old Posted Apr 5, 2009, 11:27 AM
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Linda nota de una historia poco conocida.


Malvinas 1982-2009

La hermandad del honor
La espectacular aventura de Guillermo Dellepiane, un piloto que atacó el campamento inglés en Malvinas, tiró bombas sobre Jeremy Moore y al escapar vivió una odisea de película. Un hombre al que los británicos reconocen y los argentinos ignoran


Tenía veinticuatro años, volaba a ras del mar y estaba a punto de bombardear un destructor y una fragata misilística.

Le decían Piano porque se llamaba Guillermo Dellepiane, y era alférez en una fuerza que no tenía héroes ni próceres porque jamás había entrado en combate. Se trataba de la primera misión de su vida y acababa de despegar de Río Gallegos. Su padre se había muerto sin poder cumplir el sueño de realizar en el terreno de la realidad lo que a lo largo de toda su carrera había simulado hacer: la guerra del aire.

Tan inquietante como entrar en batalla debe de resultar el hecho de consagrar una vida a un acontecimiento que no ocurrirá. Guerreros de la teoría y el entrenamiento, muchos cazadores se reciben, se desarrollan y se retiran sin haber cazado jamás una presa verdadera. El padre de Piano , cerca de la jubilación, había muerto hacía dos años en un accidente absurdo, cuando se derrumbó un ala del edificio Cóndor. Volando hacia el blanco en un A-4B Skyhawk, el hijo venía a cumplir ahora la escena deseada y urdida por el fantasma de su padre.

Era el 12 de mayo de 1982 y una escuadrilla de ocho aviones argentinos avanzaba en silencio de radio hacia dos barcos británicos. Los cuatro primeros iban adelante y dispararían primero. Los cuatro halcones de atrás, a una distancia prudencial, tendrían una segunda oportunidad o entrarían a rematarlos.

Para Piano , era una misión iniciática, la última lección de un profesional de la guerra: la guerra misma. Hasta entonces todo habían sido aprendizajes y pruebas. Alférez es el primer escalafón de los oficiales, y Dellepiane ni siquiera había experimentado el reabastecimiento en vuelo, una compleja operación que en este caso consistía en acercarse volando a un Hércules, encajar la lanza de la trompa del A-4B en la canasta de combustible y cargar tanques para seguir viaje. Muchos fallaban en ese intento: se ponían nerviosos y no podían meter la lanza. "Mirá si yo no puedo, es una vergüenza", se decía. Estaba más preocupado por ese bochorno que por la muerte. Pero cuando tuvo al Hércules frente a frente no falló, y rápidamente se unió a su jefe, un primer teniente, que ordenó bajar a menos de quince metros de las olas y avanzar a toda máquina. Volaban tan bajo que dejaban estelas en el mar.

Evadiendo misiles
Con el alma en vilo escucharon que, cinco minutos antes de llegar al blanco, los primeros cuatro aviones atacaban. En el horizonte no se veía nada pero Piano se dio cuenta en seguida de que a sus compañeros no les había ido muy bien. En dos minutos supieron que tres aviones habían sido alcanzados por la artillería antiaérea y que habían sido derribados en medio de hongos de fuego y estampidos de agua. El cuarto avión regresaba por las suyas. El sol volvía espléndido un día negro. Negrísimo. Piano vio de repente los buques enemigos. Eran efectivamente dos y les estaban disparando. En ese momento no pensaba en la patria ni en Dios, sólo veía con una cierta incredulidad esa película fantástica y en technicolor. La veía como si él no fuera parte de ella. Era un espectáculo corto y alucinante pero sin ruidos, porque en la cabina no se oía nada. Fueron fracciones de segundos: Piano contuvo el aliento verificando la velocidad y la altura, y en el momento exacto en el que pasaba por encima de uno de los dos barcos, mientras recibía y eludía disparos de todo tipo, apretó el botón y soltó una bomba de mil libras.

Las bombas impactaron en el destructor y le abrieron agujeros horribles y definitivos. Quedó fuera de servicio, pero eso Piano lo supo mucho después porque en ese instante lo único que pudo hacer fue salir rápido de la ratonera evadiendo misiles y huyendo a toda velocidad. Cuando una escuadrilla dispara, los aviones se dispersan y cada uno regresa como puede. El joven alférez se sintió solo unos minutos pero de pronto divisó la nave de su jefe y la alcanzó. No podían hablarse, porque las navegaciones aéreas eran en silencio, pero volaban juntos, como hermanos, a una distancia de doscientos metros uno del otro, con el infierno atrás y el continente adelante. Habían cumplido y volvían con la gloria; era una extraña y grata sensación.

Hasta que de repente un proyectil rasante surgido de la niebla pegó en un alerón del avión del primer teniente. Fue un golpe mortal a velocidad infinita que le hizo dar una vuelta de campana, pegarse contra la superficie del océano y explotar en mil pedazos. Todo en un pestañeo de ojos. Piano lo vio sin poder creerlo pero sin dejar de apretar el acelerador. Descendió todavía más y prácticamente aró el mar con un gusto metálico en la boca. Dependía emocionalmente de su jefe. Había bajado por un momento la guardia, pensando "me va a llevar a casa", pero ahora estaba solo y desesperado. Ahora dependía únicamente de su propia pericia, o de su suerte.

Voló un rato de esa manera, huyendo del diablo, y luego, cuando estuvo seguro de que no lo seguían, avisó al Hércules C-130, que los cazadores le llaman "La Chancha", e inició el ascenso. "La Chancha" puso la canasta y sin perder el pulso el joven alférez empujó la lanza y recargó combustible. Después voló el último tramo casi a ciegas: el mar había formado una gruesa capa de salitre en el parabrisas del avión.

El salitre de la desolación le nublaba a Piano los ojos. Lo más duro era entrar en la habitación de un compañero muerto, juntar su ropa, hacer su valija y dejarla en el vestíbulo del hotel donde pernoctaba su escuadrón. Ese ritual lo esperaba en Río Gallegos al final de aquel día en el que finalmente había tenido su bautismo de fuego en el Atlántico Sur. Los dioses, como decía la vieja sentencia griega, castigan a los hombres cumpliéndoles los sueños.

En los años sucesivos sólo recordaría esa primera misión. Y la última. En el medio únicamente quedaban vuelos de reconocimiento, incursiones en la zona del Fitz Roy, nervios terribles y más caídos y duelos. También el ánimo de los mecánicos, que siempre despedían a los pilotos de combate con banderas y aclamaciones, y el regreso de la base al hotel que, con éxito o sin éxito, con muertos o sin ellos, hacían en un jeep o en una camioneta Ford F100 cantando canciones contra los ingleses.

No tenían, por supuesto, la menor idea de cómo iba la guerra. Y cuando los trasladaron a San Julián sufrieron cierta tristeza: ocuparon una hostería y anduvieron por esa pequeña ciudad en estado de alerta total.

No eran muy supersticiosos, pero tenían cábalas y de hecho no se sacaban fotos entre ellos porque creían instintivamente que eternizarse en esas imágenes significaba un pasaje directo hacia la desgracia.

Nada pensaron, sin embargo, de aquella misión en día 13: estaba nublado y frío, y a Piano y a sus compañeros les ordenaron partir hacia las islas. Decían que los ingleses habían desembarcado y que se luchaba cuerpo a cuerpo en tierra. Los A-4B llevaban bombas, cohetes y cañones. Piano estaba, como siempre, ansioso. Aunque esa ansiedad solía terminarse cuando lo ataban en la cabina y había que salir al ruedo. Los nervios entonces desaparecían, como el torero que siente un nudo en el estómago hasta que baja a la arena y enfrenta con su capote al toro.

Pero el despegue no fue tan fácil. Se rompieron unos caños de líquido hidráulico y hubo que buscar a mil quinientos metros un avión gemelo. Al alférez lo desesperaba que su escuadrilla partiera sin él, de manera que se subió al otro A-4B y empezó el rodaje sin cargar el sistema Omega, que permitía coordinar y volar con precisión. Piano no quería quedarse en San Julián, y como los suyos ya se habían marchado llamó al jefe de la segunda escuadrilla y le pidió permiso para plegarse a su grupo. Le dieron el visto bueno y despegó sin tener bien configurado el avión. Ascendió y buscó entre las nubes el rumbo, y encontró en un momento al Hércules, que llevaba doce hombres y tenía la orden de no entrar en la zona de la batalla ni quedar al alcance de los misiles enemigos por ningún motivo.

Cargó combustible y siguió a su guía por el norte de las islas Malvinas, luego tomó dirección Este a vuelo rasante y hacia el Sur bajo chaparrones. Y se sorprendió al escuchar que el operador de radar de las islas preguntó si había aviones en vuelo. El jefe de la formación le respondió con un pedido, que les proporcionaran las posiciones de las patrullas de Sea Harriers.

Cuando llegó el informe verbal los pilotos argentinos sintieron un escalofrío. Había cuatro patrullas en el aire y una quinta al norte del estrecho de San Carlos. El cielo estaba infestado de aviones ingleses. Era una trampa mortal, y la lógica indicaba regresar de inmediato al continente.

Pero ya estaban a cinco minutos del objetivo y el día se había despejado, y entonces el guía tomó la resolución de seguir. Después descubrirían que estaban atacando un enorme vivac armado por los ingleses en Monte Dos Hermanas. Más de dos manzanas con carpas, containers y helicópteros, un campamento desde donde dirigía la guerra el general Jeremy Moore.

Todo ocurría en el término de minutos. Los A-4B iban a ochocientos kilómetros por hora y a veinte metros de distancia entre unos y otros. Los pilotos temían que una fragata misilística les cortara el paso antes de llegar al blanco. No llevaban armamento para atacar un buque; las bombas tenían espoletas para objetivos terrestres. Por la gran movilización de helicópteros de esa zona los generales de Puerto Argentino habían conjeturado que allí podía estar el mismísimo centro de operaciones de los británicos. Y no se equivocaban.

Las cartas de vuelo decían que el ataque debía hacerse a las 12.15. Y faltaban dos minutos. Los cazadores pasaron por encima de la bahía San Luis y el operador del radar de Malvinas les advirtió que los Harriers los habían detectado y que ya convergían sobre ellos. Cuando faltaban un minuto y veinte segundos la escuadrilla casi despeinó a un soldado inglés que subía una loma. Ahora los aviones, en la corrida final, volaban pegados al suelo. Más allá de la elevación apareció el campamento. Y Jeremy Moore evacuó su carpa un minuto antes de que le cayeran los obuses.

Dellepiane lanzó sus tres bombas de 250 kilos, provocó destrozos, y percibió que les tiraban con todo lo que tenían. Desde misiles y artillería antiaérea hasta con armas de mano. Era un festival de fuegos artificiales. Y casi todos los pilotos se desprendieron de los tanques de reserva y de los portamisiles e hicieron una curva para regresar por el Norte, cada uno librado a su inteligencia.

Piano voló haciendo maniobras de elusión y acrobacias, y sintió impactos en el fuselaje. Era otra vez un espectáculo increíble y aterrador. A la altura de Monte Kent se topó con un helicóptero Sea King en pleno vuelo y le disparó. Salieron dos proyectiles y se le trabó el cañón, pero una bala pegó en las palas y obligó al piloto inglés a un aterrizaje de emergencia.

Enseguida, por la izquierda, vio que pasaban dos bolas de fuego que iban directamente hacia el avión de su teniente, así que le gritó por la radio "Cierre por derecha" y siguió virando hasta ver que los misiles pasaban de largo y se perdían. Más adelante se topó con otro Sea King y volvió a intentar dispararle, pero también fue en vano: el cañón no se destrababa. Así que en el último instante levantó el Skyhawk y pasó a centímetros de las aspas del helicóptero para evitar que el piloto de casco verde lo liquidara con su gatillo.

Fue más o menos en ese instante cuando se dio cuenta de que estaba sucediendo algo inesperado: se estaba quedando sin combustible. Un proyectil le había perforado el tanque, y tenía sólo 2000 libras. Precisaba más del doble para alcanzar la posición de "La Chancha". Pero no pensaba en ese momento crucial en llegar a ningún lado sino en escapar del acoso de los Harriers. Se desprendió entonces de los portamisiles y siguió volando un trecho pidiéndole al radar de Malvinas que le dijera, sin tecnicismos y con precisión, dónde estaban sus verdugos. Los Harriers volaban a una distancia considerable, así que ya sobre el norte del estrecho San Carlos dudó sobre si debía eyectarse en la isla o tratar de llegar al Hércules. Sus maestros, en las lecciones teóricas, le habían recomendado siempre que en una situación semejante intentara regresar. Eyectarse significaba perder el avión y caer prisionero. Cruzar significaba enfrentar el riesgo de no lograrlo y terminar en el mar. Si caía no podría sobrevivir más de quince minutos en las aguas heladas, y no había posibilidades operativas de que ninguna nave pudiera rescatarlo a tiempo.

Sus compañeros, por radio, trataban de darle consejos y sacarlo del dilema. Pero su jefe tronó: "Déjenlo a Piano que decida". Y entonces Piano decidió. Salió a alta mar, se puso en la frecuencia del Hércules y comenzó a conversar con el piloto que lo comandaba. Dos hombres hicieron ese día caso omiso a las órdenes de los altos mandos: el piloto de "La Chancha" salió de su posición de protección, entró en la zona de peligro y avanzó a toda máquina al encuentro del A-4B de Piano , y un oficial de San Julián tuvo un arrebato, se subió a un helicóptero y se metió doscientas millas en el mar a buscarlo, un vuelo completamente irregular y arriesgado que no ayudaba pero que mostró el coraje suicida del piloto y la desesperación con que se seguía en tierra la suerte de aquel cazador herido de combustible que intentaba volver a casa.

El alférez escuchó "Vamos a buscarte" y trató de mantener el optimismo, pero el liquidómetro le indicaba a cada rato que no conseguiría salir vivo de aquel último viaje. "¿A qué distancia están?" -preguntaba cada tres minutos-. "¿A qué distancia están?" La radio se llenaba de voces: "Dale, pendejo, con fe, con fe que llegás". El alférez sacaba cuentas sobre la cantidad de combustible, que se extinguía dramáticamente, y pronosticaba que se vendría abajo. Y sus oyentes redoblaban los gritos de aliento: "¡Tranquilo, pibe, con eso te alcanza y sobra!" Sabía que le estaban mintiendo. Cuando llegó a 200 libras se dio por perdido. De un momento a otro el motor se plantaría y se iría directamente al mar. Comida para peces. Cuando llegó a 150 libras recordó que eso equivalía, más o menos, a dos minutos de vuelo. "¡No me abandonen!" -los puteó, porque había silencio en la línea-. De repente el piloto del Hércules C-130 creyó verlo, pero era un compañero. Piano pasó de la euforia a la depresión en quince segundos.

No rezaba en esas instancias, sólo le venían relámpagos del recuerdo de su padre. El fantasma estaba dentro de aquella cabina, metido en sus auriculares. "Dame una mano, viejo", le pedía guturalmente, con las cuerdas vocales y con los ventrículos del corazón.

El liquidómetro marcó entonces cero, y de pronto Piano escuchó que lo habían divisado y vio por fin a "La Chancha". La vio cruzando el cielo, hacia la derecha y bien abajo. Le pidió al piloto que se pusiera en posición y se largó en picada sin forzar los motores, planeando hacia la canasta salvadora. Cuando la tuvo enfrente le dio máxima potencia con una lágrima de combustible en el tanque y al ponerse a tiro pulsó el freno de vuelo y metió la lanza. Todos atronaban de alegría en la radio y se abrazaban en tierra. Piano también gritaba, pero quería abastecerse rápido, retomar el control y regresar a San Julián por su propia cuenta. Pronto descubrieron que eso no era posible. Todo el combustible que entraba, pasaba al tanque y caía por el orificio. "Quedate enganchado", le dijo el piloto del Hércules. No tenían alternativa. Volaron así acoplados el resto del camino, perdiendo combustible y con el riesgo de una explosión o de no llegar a tiempo.

Fue otra carrera dramática hasta que vieron el golfo y luego la base. Entonces el A-4B se desprendió y chorreando líquido letal buscó la pista. Piano intentó bajar el tren de aterrizaje pero la rueda de nariz se resistía. Estaba todo el personal de la base de San Julián esperando, y él dando vueltas, dejando estelas de combustible de avión y tratando de lograr que esa maldita rueda bajara. Finalmente bajó, y el alférez aterrizó, se desató rápido, se quitó el casco, saltó al asfalto y se alejó corriendo del enorme lago de combustible que se formaba a los pies del A-4B.

Medalla al valor
Hubo fiesta hasta tarde y felicidad desenfrenada en San Julián. Como Piano se consideraba vivo de milagro se tomó muchas copas y tuvieron que acompañarlo hasta su habitación: se durmió con una sonrisa y se despertó muy tarde. Era el 14 de junio de 1982 y sus compañeros le informaron que la Argentina se había rendido.

Gracias a una licencia providencial, dos días después ya estaba en Buenos Aires. La ciudad permanecía hundida en la ira y en la depresión. Y también en la indiferencia. Cualquiera que se cruzaba con Piano se le acercaba con precaución y al rato le pedía que contara todo lo que había vivido. Pero Piano no tenía ganas de contar nada. Durante años soñó con aquellas piruetas mortales, aquellos vuelos rasantes, aquellas muertes: insomnio pertinaz y espectros atemorizantes que lo perseguían como Sea Harriers impiadosos.

Le dieron la Medalla al Valor en Combate, y se mantuvo dentro de la Fuerza Aérea haciendo una callada carrera con foja intachable y mucha capacitación profesional. Hace dos años fue enviado como agregado aeronáutico a Londres. Los ingleses lo recibieron como un gran guerrero. En la misma tradición de Wellington y de Napoleón, los ejércitos europeos aún practican el honor para sus antiguos y respetables enemigos.

Las aspas atravesadas del Sea King que había derribado Piano en Monte Kent están en el Museo de la Royal Navy, y el helicopterista que conducía aquel día está vivo pero retirado. Piano consiguió su teléfono y conversó afectuosamente con él. "Me alegra no haberlo matado", se dijo.

Los veteranos ingleses que lucharon en el Atlántico Sur tienen un enorme respeto por los aviadores argentinos. Y sienten nostalgias por aquellos tiempos: "Fue la última guerra convencional -dicen-. Unos frente a los otros por un territorio concreto. Hoy todo se hace a distancia, metidos en terrenos sin fronteras definidas y por causas borrosas, con terrorismos atomizados y combatientes religiosos eternos. Con esos enemigos al final no podemos juntarnos a tomar una cerveza".

Aquel alférez, convertido en comodoro, fue invitado una tarde a entregar un premio en la escuela de aviación de la RAF. Por la noche, los pilotos de guerra recién recibidos y sus señores oficiales cenaban en un salón majestuoso de mesas larguísimas. Piano ocupó un lugar privilegiado, y el director de la escuela pidió silencio y habló del piloto argentino. Se sabía su currículum bélico de memoria y en su discurso mostraba el orgullo de tener esa noche a un hombre que había luchado de verdad contra ellos.

El jueves pasado Guillermo Dellepiane asumió como director de la Escuela de Guerra Aérea en Buenos Aires. Ocupa un despacho en el Edificio Cóndor, donde murió su padre. Piano es ahora un cincuentón bajo y gordito. Se le cayó el pelo, es sumamente cordial y tiene un pensamiento moderno, y por supuesto en la calle nadie lo reconoce. Nadie sabe que forma parte de la hermandad del honor, y que es un héroe imborrable de una guerra maldita.

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  #53  
Old Posted Apr 5, 2009, 11:32 AM
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El Douglas A-4B de la Fuerza Aérea Argentina pilotado por el Alférez Dellepiane regresa con sus tanques perforados luego del ataque en Bahía Agradable el 8 de Junio de 1982 durante la Guerra de Malvinas. Cuando declara la emergencia un KC-130 de la misma fuerza lo auxilia trasbasándole combustible para que su motor no se detenga. El resto del combustible es expulsado por las perforaciones producidas por las esquirlas del bombardeo. Ambos aviones llegaron a salvo al continente.

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  #54  
Old Posted Apr 5, 2009, 12:13 PM
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Sigo rulando...
 
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La película es una mirada más acerca del conflicto, subjetiva y si se quiere a la medida (conveniencia) de su protagonista. Rescato su valor testimonial y si el autor del libro fue un cagón que se escondía mientras los otros hacían el laburo (cumplian con su deber), no deja de ser a estas alturas, simplemente anecdótico. El conflicto existió, tuvieron hambre, miedo, frío y claro que fueron muy valientes, eso está fuera de toda discusión. La guerra fue una reverenda mierda (para que quede claro), pero ellos pusieron la jeta.

Seguramente el autor se tomó más de una licencia poética al escribir el libro, o acaso alguien cree que esta visión particular va en desmedro de lo que significó la gesta de Malvinas?
A mí me sirvió en su momento para explicarle a mi hijo lo que fue Malvinas, era más chico cuando vió la película por primera vez, y lo atrapó la película en sí, pero como es mi costumbre, me gusta que escuche siempre "las dos campanas", se armó un lindo debate... él saca sus propias conclusiones después.

Con respecto al último artículo, ayer Andrés Kasansew contaba cómo supuestamente desaparecieron TODOS sus tapes de la Guerra. Él era la cara de Malvinas para la gente de la época, era el corresponsal de guerra. Me gustaría que él también contara lo que pasó desde su perspectiva...



Muy buena la nota, Jettatore, nos cruzamos posts.
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  #55  
Old Posted Apr 9, 2009, 6:44 AM
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Una historia de la guerra con Gran Bretaña

Después de 27 años tiene las fotos de su hijo, héroe de Malvinas



Un ex combatiente de Villa María viajó a las islas y un kelper le entregó fotos que habían sido sacadas por otro soldado antes de morir. Ese soldado había sido su amigo, y ahora los recuerdos están en Hernando.

Miguel Durán
De nuestra Redacción
mduran@lavozdelinterior.com.ar

"Murió el teniente (Roberto Estévez), murió el cabo Castro y el cabo Godoy. Me hice cargo de la Sección, necesito órdenes, qué debo hacer”, reclamó por radio durante el fragor del combate. Quien había asumido el mando era el soldado Fabricio Edgar Carrascull, de Hernando, provincia de Córdoba. Tenía sólo 18 años. Amaba la música y era un tipo muy alegre. El 28 de mayo de 1982, la metralla enemiga terminó con su corta existencia. En uno de los bolsillos del pantalón de combate tenía una pequeña máquina fotográfica. En el otro, dos rollos completos. Su cuerpo y el de otros compañeros, entre ellos el de su amigo Horacio Giraudo (también de Hernando) quedaron a la intemperie durante ocho días. Cuando el subteniente Gómez Centurión empezó a cavar la enorme zanja para sepultar a los muertos, la cámara y los rollos no estaban. Uno de los militares ingleses se los había llevado. Vaya a saber si como botín de guerra, o de recuerdo.

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Transcurrieron 27 años. Ayer, esas fotos (en realidad fotocopias color) estaban sobre una mesa entreveradas con otros recuerdos y documentación reunida por una madre que quiso saber cómo había muerto su único hijo varón. Se llama Isabel Esther López, pero en el pueblo todos la conocen como “Ucha” Carrascull. La casa de calle 9 de Julio 125 tiene una calidez especial. Será quizá porque “Ucha” tuvo que dejar de lado odios y rencores porque debía tener “la mente fría” para su empecinada investigación que la llevó a conocer el lugar exacto donde Fabricio cayó muerto. Estuvo dos veces en Malvinas y cuando llegó la primera vez no hicieron falta guías ni mapas. A través de fotografías y explicaciones precisas de un sobreviviente llegó a la trinchera y después al cementerio.

Durante casi dos horas, “Ucha” habla y cuenta la historia de Fabricio, mientras muestra la foto del muchacho rubio. “Esta es en su baile de egresados. Fue el 30 de noviembre de 1981. El 29 de diciembre cumplió los 18 y el 2 de febrero lo incorporaron al Regimiento 25 de Sarmiento, en Chubut. Tuvieron 20 días de instrucción, nada más, y los mandaron a la guerra”, dice, mientras enciende un Benson. Aspira el humo y muestra la foto en la que Fabricio está comulgando en el acto de jura de la Bandera. “Es la primera vez, después del general Manuel Belgrano que hubo una jura en un campo de batalla”, destaca con orgullo.

“Ucha” recién se enteró de la terrible pérdida 42 días después. “Mire, esto es lo que recibí (enseña un papel que en sólo cinco líneas informa que Fabricio murió y fue sepultado en Malvinas) y ni siquiera vino un militar a entregármelo, mandaron a un civil, fue mi cuñado el que me lo trajo. Se lo dieron en la Fábrica Militar donde trabajaba. Después lo vi al general (Luciano Benjamín) Menéndez y cuando le pregunté por qué no me lo había comunicado personal militar, me respondió: ‘No se lo trajeron porque no tuvieron coraje’”.

Las fotos. La ultima vez que la madre vio a su hijo fue el 2 de febrero de 1982, día de su incorporación; Joaquín Nelson Carrascull, el padre, pudo verlo un mes más tarde. “Un cuñado mío tiene la concesionaria Ford y había vendido tres camionetas a gente de Chubut. Le dijo que manejara una y aprovechara para verlo a Fabricio. Se llevó una camarita para sacar algunas fotos. Trajo varias pero la máquina con varios rollos se la dejó al chico. Ni se imaginaba que iba a haber una guerra”, explica la mujer mientras levanta con sus manos un grueso libro de tapas rojas. La obra 20 años 20 héroes fue editada por el Ejército al cumplirse dos décadas del desembarco en Malvinas. Muchas de sus páginas están dedicadas a Fabricio Edgar Carrascull, uno de esos 20 héroes.



Al lado, una caja de vidrio protege una encomienda. Era la segunda que Luis González envió al soldado de Hernando. Meses después de que concluyera la guerra, el paquete con revistas, cigarrillos, galletitas, crema para manos, lapiceras y papel volvió a manos de González, quien se lo entregó a la madre. La mujer tuvo detalles de la muerte de su hijo a través de Eric Langer, inseparable amigo de Fabricio y de Horacio Giraudo, el otro joven de Hernando que quedó sepultado en las islas. “La historia es increíble, Eric viajó en marzo a Malvinas junto con otros veteranos y sus familias. Allá querían alquilar un jeep y no podían conseguirlo porque hubo argentinos que habían volcado esos vehículos porque no estaban acostumbrados a manejar con el volante a la derecha. Preguntando, preguntando, encontraron a Robert, un muchacho chileno que trabajaba en una agencia de alquiler de autos. A través de una traductora, se comunicaron con el kelper, que finalmente les alquiló un jeep. Eric llevaba un pasamontañas como el que tenía puesto en la guerra y el kelper lo miraba raro”, relata “Ucha”, que hace una pausa para apagar el pucho y ofrecer gaseosas frías y café a los periodistas.

Uno de los acompañantes de Eric advirtió que el kelper se ponía muy nervioso. El inglés rompió en llanto y Eric quedó paralizado cuando de un cajón sacó una fotocopia color suya vestido de combate y con el pasamontañas puesto. Esa foto se la había sacado Fabricio. El hombre sacó otras fotos y cuando le pidieron explicaciones sobre cómo las había obtenido, a través de la traductora, contó que al cumplirse los 25 años de la guerra muchos militares ingleses fueron a Malvinas a recordar ese aniversario. Un ex militar británico que en aquella oportunidad fue a alquilar un jeep le dejó las fotocopias color al kelper y le dijo: “Cuando venga algún argentino dáselas”. Por vaya a saber qué designio, ese argentino fue Eric, el gran amigo de Fabricio.

Fuente: http://www.lavoz.com.ar/09/04/09/sec...nota_id=505973


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Había comida pero no la podían repartir

Isabel Esther López, más conocida como “Ucha” en la ciudad de Hernando, movió cielo y tierra hasta investigar lo que ocurrió con la Sección del teniente Roberto Estévez en Darwin y Ganso Verde. Pudo establecer que su hijo Fabricio y sus camaradas “estuvieron 42 días con la misma ropa y sin bañarse. Tenían comida pero no la podían repartir. Ganso Verde estaba rodeado por los ingleses y no podían llevar la comida porque cuando iban a hacerlo bombardeaban. Cuando dormían bombardeaban de nuevo. Les hicieron una acción psicológica, los enloquecieron, ellos sabían de la guerra, nosotros no. Chicos que no conocían de armas, de nada, tuvieron que ir a la guerra con 20 días de instrucción, nada más”.

La madre pudo saber también que Fabricio y otros soldados muertos el 28 de mayo de 1982 recién fueron sepultados el 8 de junio. “Los puse en una bolsa de nailon a cada uno, hice una gran zanja y los puse uno al lado de otro, yo inicié el cementerio”, le contó a “Ucha” el subteniente Gómez Centurión.

“Hasta el próximo 13 de setiembre tengo 69 años”, dice la madre mientras vuelve a mostrar las fotos que Fabricio sacara hace 27 años y que recién las recibió la semana pasada de las manos de Eric Langer. “Lástima que Dalton, mi marido, no las pudo ver. Murió en agosto del ’98. Se durmió al lado mío”, recuerda con un dejo de tristeza.

Fuente: http://www.lavoz.com.ar/09/04/09/sec...nota_id=505974
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  #56  
Old Posted Apr 9, 2009, 12:31 PM
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Originally Posted by Claudia-Cba View Post
Una historia de la guerra con Gran Bretaña

Después de 27 años tiene las fotos de su hijo, héroe de Malvinas


que sensaciones debe haber sentido esa mujer cuando vio esa foto (para no mencionar las del momento de recibir la noticia de la caida de su hijo)...

son increíbles las historias que se suceden durante la guerra, pero también se dan en tiempos de paz.

Con respecto a la película, me da bronca saber que es mentira.. que es una fabula.. pero no creo que los soldados hayan vivido situaciones muy distintas en el campo de batalla. el hambre y el frío lo pasaron igual. Realmente lloré mucho con la pelicula. tenia 19 años cuando la vi y no me pude poner en la piel de los soldados.. y pensar que los jovenes de hoy a esa edad solo piensan mamarse en el viaje de egreso....
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  #57  
Old Posted Apr 9, 2009, 7:11 PM
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Originally Posted by Claudia-Cba View Post
La película es una mirada más acerca del conflicto, subjetiva y si se quiere a la medida (conveniencia) de su protagonista. Rescato su valor testimonial y si el autor del libro fue un cagón que se escondía mientras los otros hacían el laburo (cumplian con su deber), no deja de ser a estas alturas, simplemente anecdótico. El conflicto existió, tuvieron hambre, miedo, frío y claro que fueron muy valientes, eso está fuera de toda discusión. La guerra fue una reverenda mierda (para que quede claro), pero ellos pusieron la jeta.

Seguramente el autor se tomó más de una licencia poética al escribir el libro, o acaso alguien cree que esta visión particular va en desmedro de lo que significó la gesta de Malvinas?
A mí me sirvió en su momento para explicarle a mi hijo lo que fue Malvinas, era más chico cuando vió la película por primera vez, y lo atrapó la película en sí, pero como es mi costumbre, me gusta que escuche siempre "las dos campanas", se armó un lindo debate... él saca sus propias conclusiones después.

Con respecto al último artículo, ayer Andrés Kasansew contaba cómo supuestamente desaparecieron TODOS sus tapes de la Guerra. Él era la cara de Malvinas para la gente de la época, era el corresponsal de guerra. Me gustaría que él también contara lo que pasó desde su perspectiva...



Muy buena la nota, Jettatore, nos cruzamos posts.
TODO LO QUE DICE KASANZEW ES CIERTO!
La censura a sus cintas y a todo lo que llegase de las islas al continente se practicaba en una sala de viedotape de ATC que se precintó a esos efectos; lo increíble es que había gente de inteligencia británica que participaba de esas sesiones.
Lo sé de primera mano porque mi viejo trabajaba en esa época ahí y veía la posta sin dar crédito a lo que después se contaba.
Nunca podrá olvidarme de verlo llorando en la cocina a la madrugada y contandome entre sollozos que nos estaban dando con todo....mientras GENTE y todos los medios (todos menos Kasanzew) juraban victoria y se sumaban los Harriers abatidos por cientos....
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  #58  
Old Posted Apr 10, 2009, 2:07 AM
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Jettatore, es impresionante la historia de esa mision del 13 de junio de "Piano chico" Dellepiane.
Me emocione mucho cuando la lei en "Halcones de Malvinas" de Carballo, y me volvi a emocionar mucho cuando la lei el otro dia en La Nacion.
Una historia increible de las tantas que tienen todos estos heroes argentinos que combatieron en las islas, que nadie reconoce como se merecen.
Todos saben quien fue el Sargento Cabral pero muy pocos conocen la historia del Capitan Giacchino o del Capitan Garcia Cuerva o del Vicecomodoro De La Colina.

Clau, te pido que no tomes como real lo que muestran en la pelicula "Iluminados por el fuego". Que pasaron situaciones como esa, no lo niego, pero en la guerra hubo muchos "pibes" de 17 y 18 años que combatieron como los mejores. La historia que cuenta esa pelicula es mentira, como dijeron mas arriba, que el fue un cagon. Que le pregunten a cualquiera de su regimiento a ver que piensan de el.

Aca les dejo una carta muy emocionante que le dejo el Mayor Falconier a sus hijos:

Quote:
A Ñequi y Mononi:

Su padre no los abandona, simplemente dio su vida por los demás, por ustedes y vuestros hijos... y los que hereden mi PATRIA.

Les va a faltar mi compañía y mis consejos, pero les dejo la mejor compañía y el más sabio consejero, a DIOS; aférrense a EL, sientan que lo aman hasta que les estalle el pecho de alegría, y amen limpiamente, que es la única forma de vivir la "buena vida", y cada vez que luchen para no dejarse tentar, para no alejarse de EL, para no aflojar. Yo estaré junto a ustedes, codo a codo aferrando el amor.

Sean una "familia", respetando y amando a mamá aunque le vean errores, sean siempre solo "uno", siempre unidos.

Les dejo el apellido: Falconier para que lo lleven con orgullo y dignifiquen, no con dinero ni bienes materiales, sino con cultura, con amor, con belleza de las almas limpias, siendo cada vez más hombre y menos "animal" y por sobre todo enfrentando a la vida con la "verdad", asumiendo responsabilidades aunque les "cueste" sufrir sinsabores, o la vida misma.

Les dejo:
- muy poco en el orden material,
- un apellido: "Falconier", y
- a DIOS (ante quien todo lo demás no importa)

Papá

Para que mis hijos lo lean desde jóvenes y hasta que sean viejos, porque a medida que pasen los años, adquieran experiencia, o tengan hijos, le irán encontrando nuevo y más significado a estas palabras que escribí con amor de padre.
El Mayor Juan Jose Falconier murio el 7 de Junio cuando el Learjet 35 en que volaba fue derribado por un misil Sea Dart cuando volaba en mision de reconocimiento sobre Malvinas.


Mayor Juan José Ramón Falconier


Learjet 35 T-24 (atras)

Saludos
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  #59  
Old Posted Apr 10, 2009, 1:43 PM
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Originally Posted by Monchi View Post
Jettatore, es impresionante la historia de esa mision del 13 de junio de "Piano chico" Dellepiane.
Me emocione mucho cuando la lei en "Halcones de Malvinas" de Carballo, y me volvi a emocionar mucho cuando la lei el otro dia en La Nacion.
Una historia increible de las tantas que tienen todos estos heroes argentinos que combatieron en las islas, que nadie reconoce como se merecen.
Todos saben quien fue el Sargento Cabral pero muy pocos conocen la historia del Capitan Giacchino o del Capitan Garcia Cuerva o del Vicecomodoro De La Colina.

Clau, te pido que no tomes como real lo que muestran en la pelicula "Iluminados por el fuego". Que pasaron situaciones como esa, no lo niego, pero en la guerra hubo muchos "pibes" de 17 y 18 años que combatieron como los mejores. La historia que cuenta esa pelicula es mentira, como dijeron mas arriba, que el fue un cagon. Que le pregunten a cualquiera de su regimiento a ver que piensan de el.

Aca les dejo una carta muy emocionante que le dejo el Mayor Falconier a sus hijos:



El Mayor Juan Jose Falconier murio el 7 de Junio cuando el Learjet 35 en que volaba fue derribado por un misil Sea Dart cuando volaba en mision de reconocimiento sobre Malvinas.


Mayor Juan José Ramón Falconier


Learjet 35 T-24 (atras)

Saludos
cuando leí halcones sobre Malvinas no podía creer lo que leía. Se los recomeindo a todos los que les apasione el tema Malvinas. Hay una trascripción radial de las conversasiones entre el Piloto, el piloto de la chancha y el de la radio. se te pone la piel de gallina, como minimo
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  #60  
Old Posted Apr 10, 2009, 1:54 PM
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aca encontre la trascripción. espero que les guste

Cuenta Dellepiane, en “Halcones sobre Malvinas” de Pablo Carballo:
“Reduje la velocidad, me parecía que estaba parado en el aire, que no avanzaba nada. Antes me sentía protegido por la velocidad. Seguí hasta 1400 libras y comencé a tomar altura pues pensé que ya estaría al oeste de las Islas, comunicándoselo a mi Jefe de Escuadrilla”
“Le pedí al radar de Puerto Argentino que me mantuviera al tanto de las PAC enemigas. ¡Me las refirió muy técnicamente por lo que le pedí: - Por favor con relación a puntos notables de la Isla y con distancia, porque no estoy en condiciones de pensar!”
“Las PAC estaban lejos; me fui decididamente hacia arriba, sobre las nubes brillaba un sol esplendoroso. Busqué probables enemigos por todo el cielo y pronto descubrí que estaba al norte de la entrada al Estrecho de San Carlos. Cuando tenía unos 6000 mts de altura le volví a preguntar al radar si tenía PAC y me contestó que no, por lo que me olvidé de los Harrier y comencé a preocuparme por el combustible”
“Los pilotos que estaban en vuelo escuchaban mi situación y algunos preguntaban demostrando intenciones de hacerme una sugerencia. El Jefe de Escuadrilla dijo: Déjenlo al PIANO que decida si se eyecta o intenta llegar a la Chancha (entiéndase Hércules C-130)”.
“Continué mi ascenso, estaba muy preocupado pues mi indicador de combustible caía rápidamente y yo todavía estaba en la isla. Al ver la tierra pensaba -¿me eyecto en la isla o me juego al cruce?- recordé que con el capitán muchas veces habíamos comentado que, dentro de lo posible había que volver y decidí seguir adelante cuando mi liquidómetro indicaba 900 libras. Para tener una idea aproximada de lo poco que era, un A-4B consume 500 libras desde que se pone en marcha hasta que despega en un vuelo normal.....”
“Mientras iba ascendiendo comencé a llamar a la chancha, que ese día tenía el indicativo Piedra (el Piedra 1) y le pedí que me vinieran a buscar, pues me estaba quedando sin combustible. Para mi tranquilidad me contestaron: - No te hagas problemas pibe que ya mismo ponemos rumbo hacia las islas y vamos a buscarte...”
“¿Que distancia nos separaba? yo preguntaba a cada momento. Ellos mentían piadosamente y yo calculaba mis posibilidades de llegar.”
“En los momentos de silencio pensaba: ¡ sonaste, de ésta, no la contás ! ¡ Te vas a morir de frío en medio de la inmensidad del mar ! Rezaba con fervor inmenso. Los otros pilotos seguían con un -¡Vamos PIANO, fe que ya estás!”
“- ¡Tengo solo 300 libras!”
“ - ¡Tenés de sobra quedate tranquilo!”
“- ¡ Sólo alcanzan para diez minutos de vuelo !”
“- ¡ Te sobra con eso, si ya estamos llegando !”
“¡ Me quedan 200 libras ! .... Comencé a esperar que el motor se parase en cualquier momento mientras pedía - ¡COCO no me abandonés! (Coco era el sobrenombre del vicecomodoro piloto de la chancha y viejo cazador que ahora oficiaba de reabastecedor)”
“Del Hércules me preguntaron: Piano ....¿hasta donde llegás si se planta?”
“- ¡Solo al medio del mar!”
“- ¿Cuánto combustible te queda?”
“- ¡200 libras!”
“- ¡Ah ... le sobra para llegar con eso!”
“- ¡Dije 200, no 2000!”...
“Me quedaban 100 libras; ya no llegaba a ningún lado. Mi indicador de combustible marcaba casi cero.”
“¡Me parece que te tenemos; poné viraje por derecha ..... nos tenés que ver!”
“Los vi allí y a la derecha. Mi indicador estaba en cero. Pensé que no llegaba. Reduje todo motor y me lancé en picada mientras les pedía que, haciendo viraje, se acomodaran para mi comodidad. Adelante estaba la canasta.”
“Les dije: - ¡me juego, doy potencia a pleno para alcanzarlos!”
“- ¡Bien pibe, esos son hombres!”
“Me acercaba a mucha velocidad por lo que les pedí que picaran. Inmediatamente escuché en mis auriculares - ¡Picando para un looping!”
“Llegaba, estaba allí, era mía... saqué freno de vuelo y un segundo después, mi lanza se incrustaba en la canasta. En ese momento escuché por la radio nuestro viejo grito de guerra...Y ...¡no hay quien pueda!”
“Por las ventanillas del C-130 veía a los mecánicos que gritaban y se abrazaban. Mi liquidómetro comenzó a subir... Había nacido de nuevo”
Bueno, hasta aquí las vicisitudes de la escuadrilla “Nene”, que ponen en evidencia el desprendimiento del guía, teniente Cervera, que llega a la base con mínimo combustible por renunciar a recargar su avión y cederle el lugar a un numeral, con mayores dificultades. También se destaca la proverbial sangre fría y habilidad de un joven alférez que, primero, esquiva las PAC, y luego llegar hasta el reabastecedor y vuela enganchado a la canasta hasta el aterrizaje. Por último, el gran sentido del deber del comandante del C-130 que no dudó en ingresar en una zona peligrosa para buscar al Halcón en problema, y efectuar maniobras de gran riesgo para posibilitar el acople del A4 y llevarlo hasta la base de recuperación.
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